"Todo lo que esta escrito en la Biblia es el mensaje de Dios y es útil para enseñar a la gente, para ayudarla y corregirla y para mostrarle cómo debe vivir"    (2 Timoteo 3:16, TLA)

Firmes en la fe      NOV 6

 


Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió. Hebreos 10.23 (LBLA)

Muchas de las angustias que sufrimos en la vida cristiana no tienen que ver con las circunstancias adversas de nuestra vida. Más bien sentimos dolor cuando nuestro ser interior no tiene la capacidad de sobreponerse a las dificultades y contratiempos que se nos presentan. Si nuestro bienestar dependiera exclusivamente de un entorno agradable, ¡habría pocas esperanzas de una vida plena para la mayoría de nosotros! El versículo de hoy nos anima a una firmeza interior que no descarta, en momentos de desesperación, la profesión de esperanza que alguna vez hicimos.
La esperanza es un aspecto crucial de la vida cristiana. Por esto, el apóstol Pablo oró por la iglesia de Éfeso para que los ojos de sus corazones fueran iluminados a fin de que supieran «cuál es la esperanza de su llamamiento» (1.18 - LBLA). En Tesalonicenses felicita a la iglesia por su «constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1.3). La esperanza anima nuestro corazón porque trae consigo la promesa de cosas mejores.
La mayoría de nosotros, sin embargo, no tenemos más que una idea muy borrosa de lo que implica la esperanza que tenemos en Cristo. Sabemos que se nos ha prometido la vida eterna, pero no estamos muy seguros de qué se trata el asunto. ¡Esta esperanza no inspira ni fortalece el corazón de nadie!
No ha de sorprendernos, entonces, que exista un alto grado de fluctuación en nuestra esperanza. Depende de las circunstancias y los sentimientos en los diferentes momentos de la vida. Cuando las cosas se presentan agradables, nuestra profesión se mantiene firme. En tiempos de crisis, titubeamos entre la esperanza y la desesperanza.
Note usted que el autor de Hebreos se desentiende completamente del tema de las particularidades de nuestra situación personal. Más bien señala que es el carácter irreprochable y absolutamente confiable de Aquel que nos ha dado esperanza, lo que debe motivarnos a mantenernos firmes. Si él ha prometido una vida plena y abundante para aquellos que creen, haciendo brotar en ellos ríos de agua viva, entonces él es fiel para producir esto.
Precisamente en este punto es que se derrumba la fe. En tiempos de crisis tendemos a cuestionar la bondad de Dios y su confiabilidad como nuestro guardador. Piense en las innumerables circunstancias en el desierto, en que los israelitas cuestionaron el carácter de Dios. ¡Cuántas veces dudaron de las buenas intenciones del Señor para con ellos! Y esas dudas los llevaron una y otra vez a mirar con nostalgia la vida que habían dejado en Egipto.
No es posible vivir una relación de intimidad con Dios si no tenemos absoluta certeza de la confiabilidad de su persona. Por esta razón, el autor de Proverbios animaba: «Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia» (3.5).


Para pensar:
La estrategia más efectiva que tiene el enemigo de nuestras almas es la de poner en tela de juicio la bondad de Dios. Pero usted, no se mueva de la convicción que lo ha sostenido siempre. ¡El que ha prometido es fiel para cumplir con Su palabra en su vida!


Tiempo de retirarse      NOV 7

 


Isbi-benob, uno de los descendientes de los gigantes, cuya lanza pesaba trescientos ciclos de bronce, y que llevaba ceñida una espada nueva, trató de matar a David; pero Abisai hijo de Sarvia llegó en su ayuda, hirió al filisteo y lo mató. Entonces los hombres de David juraron, diciendo: «Nunca más de aquí en adelante saldrás con nosotros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel». 2 Samuel 21.16–17

¿Cuándo es el tiempo en el que un líder debe hacerse a un lado para dejar lugar a los más jóvenes? Todos hemos conocido situaciones donde un líder ya no tiene la vitalidad ni el empuje que tenía cuando era joven y, a pesar de esto, sigue insistiendo en ser el que lleva adelante el ministerio, de la misma manera que lo hizo en años pasados. Esto produce un estado de verdadera frustración en la generación que debería haber recibido de sus manos la antorcha.
En el pasaje de hoy encontramos una escena muy similar a aquella en la que David, siendo joven, obtuvo una gran victoria contra el gigante de Gat. En aquella ocasión, David no era más que un muchacho y el Señor le concedió una hazaña que quedó registrada para siempre en los anales del pueblo de Dios. A esa victoria inicial David había sumado una larga lista de extraordinarias demostraciones de valentía y coraje en el campo de batalla.
Ahora, sin embargo, David ya no era el mismo hombre. La valentía que lo había caracterizado toda la vida aún seguía siendo una cualidad sobresaliente de su persona, pero carecía de la destreza y la fuerza que había poseído en otros tiempos. El resultado fue que este segundo gigante casi extingue la vida al rey de Israel. Uno de los hombres buenos y valientes que rodeaba a David se interpuso y logró evitar lo que hubiera sido una verdadera tragedia para el pueblo.
Ni bien había pasado el mal momento, los hombres de David le exhortaron a no salir más a la batalla a fin de preservar su vida. Era un momento de transición para el gran rey de Israel; un momento que lo retaba a hacer los ajustes necesarios en su vida, para ser consecuente con las crecientes debilidades que lo acompañaban.
Bien pudo haberse ofendido David frente a la sugerencia de sus hombres. El momento se prestaba para que luchara por retener aquello que se desvanecía lentamente con el pasar de los años. Pero la grandeza de espíritu que siempre caracterizó su vida no lo traicionó en este momento. Aceptó sus limitaciones y tuvo la humildad de escuchar a sus hombres. Nunca más salió a la batalla. Había llegado la hora en que hombres más jóvenes asumieran la responsabilidad de velar por la seguridad de Israel.


Oración:
¡Qué bueno sería prepararse desde la juventud para este momento! ¿Se anima a hacer suya esta oración? «Señor, permíteme envejecer con gracia. Guárdame de aferrarme a un puesto. Dame un espíritu generoso para que pueda ceder con gozo el lugar a los que vienen detrás de mí. ¡Líbrame de la amargura en los años de mi vejez! Amén».


Impartiendo dignidad      NOV 8


Y el Señor dijo a Moisés: Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el Espíritu, y pon tu mano sobre él; y haz que se ponga delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación, e impártele autoridad a la vista de ellos. Y pondrás sobre él parte de tu dignidad a fin de que le obedezca toda la congregación de los hijos de Israel. Números 27.18–20 (LBLA)

¡Qué difícil es para un líder joven reemplazar a un veterano del ministerio! Esto es especialmente cierto cuando la persona que se está retirando posee una profunda trayectoria espiritual y goza de muy alta estima entre el pueblo a quien él ha ministrado. Ellos harán sus comparaciones entre los dos líderes e inevitablemente saldrá perdiendo el líder más joven. Pocos recordarán que el líder maduro también fue joven alguna vez, cometiendo sus propios desaciertos y, en ocasiones, confundiendo el camino a seguir.
La etapa de transición entre los dos líderes es crucial para la continuidad del proyecto ministerial. En este caso, Moisés había llevado al pueblo hasta las puertas de la tierra prometida. Su misión estaba cumplida. Josué, el sucesor designado por Dios, tenía por delante una compleja asignatura: guiar a un pueblo con poca experiencia de guerra en la dura tarea de desalojar a los habitantes de Canaán, para tomar posesión de la heredad de Jacob.
Es en la etapa de transición cuando el pueblo puede desanimarse o rebelarse con facilidad, porque todo cambio produce inseguridad y necesita una mano firme que guíe sus pasos. ¡Qué tremenda manifestación del cuidado de Dios vemos en las instrucciones precisas que le da a Moisés! No llama al líder a desaparecer. Hay una ceremonia pública en la cual se traspasa el mando de una generación a la otra.
Como todo el pueblo debía estar presente le confirió a la ceremonia un peso que no hubiera tenido si se hubiera realizado en privado. El pueblo debía ser testigo del respaldo que Moisés le daba a Josué y saber que este nuevo líder surgía con su pleno apoyo. Note, además, el énfasis en la imposición de manos. Este es un rito que tiene poco significado para nosotros, pero estaba cargado de sentido para los israelitas. Jacob bendijo a sus nietos con la imposición de manos (Gn 48.14); la gente imponía manos sobre los blasfemos para transferir a ellos la culpa de sus declaraciones (Lv 24.14); los adoradores imponían manos sobre el animal sacrificial para indicar que él tomaba sus lugares en la paga por el pecado (Lv 1.4). De manera que en la ceremonia los israelitas sabían que se estaba haciendo una transferencia espiritual.
En esta transferencia, Moisés le imparte las dos cosas más importantes que necesita para el ministerio: autoridad y dignidad. La autoridad tiene que ver con el respaldo a la vida del líder. La dignidad tiene que ver con la integridad de su persona. Ambos atributos tenían un propósito claro: lograr que los israelitas le obedecieran en todo.


Para pensar:
Por medio de esta ceremonia Josué se quedó con parte de la riqueza espiritual que Moisés había cultivado a lo largo de su vida. ¡Qué hermoso legado para un joven líder!


Ojos espirituales      NOV 9

 


Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis… Efesios 1.18 (LBLA)

¿Qué temas incluye en sus oraciones por la gente a la cuál ministra? Yo encuentro que a veces me concentro en pedirle a Dios por trivialidades que no son de verdadero peso en la vida espiritual. Cuando veo que mi tendencia es hacia esto, vuelvo a estudiar las oraciones de Pablo por las iglesias que había fundado (Ef 1.15–23; 3.14–19; Flp 1.4–6; Col 1.9–12). ¡Qué profundidad de percepción hay en estas plegarias! Cuán claro era el entendimiento del apóstol acerca de las cosas que verdaderamente son una parte esencial de la vida espiritual.
La frase de hoy, que es parte de un pedido más extenso, es un excelente ejemplo de esta realidad. Con frecuencia lo que más traba la vida del hijo de Dios es su fijación en las realidades de esta vida terrenal y pasajera. Ve las circunstancias con los ojos físicos que el Señor le ha dado. Contempla sus relaciones a través de una perspectiva netamente humana. Mira sus recursos y los mide con los mismos parámetros que usa el hombre de la calle. El resultado de todo esto es que su andar sufre permanentes limitaciones por la deficiencia de visión. Se deprime; siente miedo; se angustia; se enoja; y queda preso de todas estas emociones negativas.
Pablo comienza su oración pidiéndole a Dios que active los ojos del corazón de cada uno de los miembros de la iglesia de Éfeso. La frase es sencilla pero encierra una imagen muy gráfica. El hombre espiritual, hemos de entender, posee dos pares de ojos. Con los ojos físicos ve la realidad del mundo natural en el que se mueve a diario. Pero con los ojos del corazón, que solamente pueden ser abiertos por el accionar del Espíritu, ve las cosas que pertenecen exclusivamente al mundo espiritual. Como las cosas del mundo espiritual son las que verdaderamente tienen peso eterno, esta segunda visión es mucho más importante que la primera.
Medite un momento en la persona de Jesús y piense en todas las veces que él vio cosas que otros no veían. Considere, por ejemplo, su lamento por Jerusalén (Lc 19.41–44). Cuando la vio, lloró. Donde otros veían edificios, calles y multitudes, Cristo veía una ciudad que no reconocía el tiempo de su visitación. Piense en el regreso de los setenta. Ellos estaban entusiasmados por la obra que habían llegado a realizar. Cristo vio a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10.18). ¿Y que de la mujer samaritana? Los discípulos veían a una mujer con la cual no se podía hablar (Jn 4.27). Jesús veía una oportunidad en su ministerio, producida por el Espíritu. Lo mismo se puede decir del joven rico. Quienes lo rodeaban veían a un hombre piadoso, deseoso de alinear su vida con el reino. El Señor veía a un hombre cuyo dios era el dinero (Lc 18.22).


Para pensar:
Ver la realidad espiritual es fruto del accionar del Espíritu. Pero también es consecuencia de una disciplina de nuestra parte. Pablo testificaba que, en medio de las permanentes pruebas, decidía no poner su vista «en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Co 4.18).


Lamento inútil      NOV 10

 


Y el Señor dijo a Samuel: ¿Hasta cuándo te lamentarás por Saúl, después que yo lo he desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y ve; te enviaré a Isaí, el de Belén, porque de entre sus hijos he escogido un rey para mí. 1 Samuel 16.1 (LBLA)

Una de las cosas que más nos cuesta superar son las desilusiones y derrotas del pasado, especialmente cuando estamos en el ministerio. Esta responsabilidad le otorga un peso adicional a las situaciones que no resultaron como esperábamos. Quizás se trate de una persona de quien teníamos grandes expectativas; invertimos mucho en su formación, pero no resultó ser lo que esparábamos. Quizás el desánimo tenga que ver con una decisión que tomamos, creyendo en el momento que era la mejor opción para la congregación. El tiempo, sin embargo, ha demostrado que la decisión fue errada y estamos pagando un alto precio por ello. Podría tratarse de un problema en la congregación, que manejamos incorrectamente. Hoy vemos claramente las consecuencias de esto, en reproches y tensiones que afectan nuestras relaciones con otros. El hecho es que nuestra desilusión podría atribuirse a un sin fin de razones. La vida rara vez se ajusta a nuestras expectativas. Las cosas no son tan sencillas como esperábamos y la frustración es frecuentemente una compañera de nuestra experiencia ministerial. El proceso de maduración consiste en descubrir que esto es parte de la realidad con la cual tenemos que convivir a diario.
Para muchas personas, no obstante, las desilusiones y los sinsabores de la vida pueden convertirse en obstáculos más difíciles de superar que los problemas que produjeron estos sentimientos. Presos de estas fuertes emociones, se nos puede ir la vida en lamentos por lo que nos tocó vivir. Una frase que frecuentemente se escucha en esta situación es: «si solamente hubiera hecho esto, o dicho lo otro…». Armados con este pensamiento, volvemos una y otra vez a las situaciones del pasado, imaginando cómo serían las cosas si hubiéramos actuado de otra manera.
Observe la pregunta que Dios le hace a Samuel: «Hasta cuándo te lamentarás…?» El lamento es poco productivo, porque el pasado no puede ser cambiado. Solamente podemos aprender de él las lecciones necesarias para no cometer los mismos errores en el futuro. Mientras Samuel seguía lamentándose, el Señor había avanzado hacia la próxima etapa en sus proyectos: «de entre sus hijos he escogido un rey para mí». Su mirada ya estaba puesta en otro hombre y las cosas que iba a lograr a través de la vida de este varón.
En las instrucciones del Señor a Samuel hay un deseo de movilizar una vez más a su profeta, de librarlo de la melancolía en la cual había caído. El hecho es que hay un solo camino que podemos recorrer, y ese camino está por delante. No debemos perder más tiempo de lo necesario meditando en las derrotas del pasado. Cuando hayamos sacado las lecciones necesarias de la experiencia, le podemos dar la espalda al pasado y avanzar con paso firme hacia el futuro. La vida está por delante.


Para pensar:
«Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta» Flp 3.14.


El Dios suficiente      NOV 11

 


Yo te amo, Señor, fortaleza mía. El Señor es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable. Salmo 18.1–2 (LBLA)

La nota que encabeza este salmo, en la versión de La Biblia de las Américas, dice: «Para el director del coro, Salmo de David, siervo del Señor, el cual dirigió al Señor las palabras de este cántico el día que el Señor lo libró de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl». Aunque no tuviéramos esta explicación sobre el contexto en el cual nace esta eufórica proclamación de los múltiples atributos de Dios, el tono mismo de la poesía no deja lugar a duda: que fueron escritas por una persona que había gustado, en carne propia, la magnifica intervención del soberano.
David menciona al menos siete diferentes características de Dios, todas ellas relacionadas con la particular situación que vivía. Durante años se había refugiado en el desierto. Su estancia en este lugar no fue, sin embargo, similar a la pacífica existencia de Moisés en Madián. Huyendo de cueva en cueva, siempre atento a los movimientos de su enemigo, se había encontrado en incontables aprietos donde solamente la intervención milagrosa de Dios lo había librado de la muerte segura. El tema principal de este salmo es precisamente este.
Para David, estas características de Jehová eran reales porque las había gustado en su propia experiencia cotidiana. Para algunos de nosotros, sin embargo, no son más que atributos que asignamos a Dios porque nuestro intelecto así lo demanda. Sabemos, intelectualmente, que él es una roca, un baluarte y un libertador. Cantamos de estas cosas en nuestras reuniones. Conocemos innumerables pasajes que así lo describen. Otros nos han dado testimonio de haber experimentado estas facetas en su andar con el Padre Celestial. En nuestra vida, no obstante, estas verdades no han salido del ámbito de lo teórico.
¿Cómo se puede comprobar que Dios es realmente así? De hecho, ¡él es así!, pero quizás no lo sea en mi vida o en la suya. Para que estos aspectos de su persona se hagan reales en nuestra vida, debemos estar dispuestos a abrirle un espacio para demostrar precisamente su fidelidad hacia los que están en apuros. Es decir, para comprobar que es fortaleza, necesitamos reconocer que somos debilidad. Para que él sea nuestra roca, debemos reconocer que estamos parados sobre fundamentos movedizos. Para sentirlo como nuestro baluarte, tenemos que admitir que nos sentimos desprotegidos. Para que se manifieste como nuestro libertador, tenemos que reconocer que estamos atrapados. Para que sea nuestro escudo, necesitamos confesar que nos sentimos indefensos. Para que se levante como cuerno de salvación, debemos admitir que estamos perdidos. Para que sea altura inexpugnable, necesitamos reconocer que estamos hundidos en lo más profundo del pozo.


Para pensar:
La realidad de Dios expresada en estos atributos divinos se ve solamente en la vida de aquellos que reconocen su necesidad de él. No nos lamentemos por sentir angustia y desesperanza. Al contrario, regocijémonos, porque recibiremos su poderosa visitación en la hora de necesidad.


Cuando la disciplina abruma      NOV 12

 


Es suficiente para tal persona este castigo que le fue impuesto por la mayoría; así que, por el contrario, vosotros más bien deberíais perdonarlo y consolarlo, no sea que en alguna manera este sea abrumado por tanta tristeza. Por lo cual os ruego que reafirméis vuestro amor hacia él. 2 Corintios 2.6–8 (LBLA)

En la iglesia en Corinto había una persona que había caído en pecado. Por una decisión de la mayoría, la persona fue disciplinada. Esta disciplina, aparentemente, fue con el aval del apóstol Pablo, aunque no estuvo presente en el momento de la decisión. Según el testimonio de 1 Corintios 5.3, sin embargo, el apóstol les acompañó en espíritu. Ahora, sin embargo, se hace necesario que Pablo corrija la severidad en el trato que había recibido esta persona. La razón es que toda corrección tiene como objetivo restaurar al caído y ayudarlo a volver a caminar en santidad con el Señor.
Existe en nosotros, sin embargo, la tendencia de acompañar nuestros esfuerzos por disciplinar con una buena dosis de ira o rencor. ¿Cuántas veces, como padres, hemos sido excesivamente duros con nuestros hijos, porque no actuamos en el momento indicado? Nuestra paciencia no fue paciencia sino negligencia, y permitió que se acumularan sentimientos de fastidio y rabia. Cuando llegó el momento de corregir, lo usamos también para descargar todo nuestro disgusto sobre nuestro hijo. La presencia de estos elementos anula el beneficio de la disciplina porque utiliza un espíritu incorrecto.
De la misma manera, dentro de la iglesia la disciplina frecuentemente es prolongada por un espíritu de dureza hacia el infractor. Se le somete a humillaciones innecesarias y muchos optan por tener el menor contacto posible con esa persona. No obstante, la disciplina es una experiencia sumamente positiva para la vida de los que anhelan mayor crecimiento espiritual. Por medio de ella podemos ser corregidos y encaminados correctamente. También debemos admitir que es algo sumamente desagradable. Nos sentimos agredidos y nuestro orgullo inmediatamente comienza a demandar algún tipo de retribución. Caemos en un estado general de tristeza y desconsuelo que, de prolongarse, podría tener repercusiones serias para nuestra vida espiritual. Sabiendo esto, el apóstol Pablo anima a los hermanos a que no «abrumen» con demasiada tristeza a la persona disciplinada. El deseo es que la persona no sea enterrada y hundida por la acción de sus hermanos, porque la disciplina perdería su sentido.
En lugar de esto Pablo los anima a que «reafirmen su amor» hacia el caído. Esta exhortación recalca una de las grandes verdades del reino. El poder que más transforma la vida de otros es el que proviene del amor. La disciplina corrige, pero es el amor el que cala hondo en el corazón y lo abre a las experiencias más espirituales. Por esta razón, Cristo se apresuró a reafirmar su amor hacia Pedro, luego de que este le negara tres veces. El amor incondicional en el acto de Jesús encaminó definitivamente al apóstol en el ministerio que se le había encomendado.


Para pensar:
«El lugar más solitario del planeta es el corazón humano al que le falta el amor». Anónimo.


Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

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